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Psicoterapia y Espiritualidad de Rebecca L. Trautmann

Es importante además no subestimar cómo de gratificante, revelador e incluso transformativo puede ser el compartir para el terapeuta también, de forma recíproca. Más de una vez he sentido una repentina claridad sobre algún aspecto de mi propia espiritualidad gracias al esfuerzo de un paciente por compartir la suya. En ese momento yo también sentí una profunda gratitud por el “regalo” de mi paciente, compartiendo y haciendo juntos un trabajo.


Para las personas que son conscientes de tener un alma “inquieta”, es esencial encontrar un terapeuta abierto y comprensivo y que quizá comparta esa misma inquietud. Cuando yo estuve buscando un psicoterapeuta para mí, hace muchos años, necesitaba saber fehacientemente si podría desarrollar el “trabajo del alma” dentro de la relación terapéutica. La psicoterapia y la relación terapéutica eran tan vitales para mí en el proceso de recomposición que tenía que saber si iba a poder aflorar todos los aspectos de mi interior a la relación y que los deseos del alma serían no sólo aceptados, sino valorados y cuidadosamente explorados.


Hay terapeutas que se definen explícitamente por su filiación religiosa, como los “Christian counselors”, y de esa manera te hacen saber el contexto en que su proceso terapéutico tendrá lugar. Otros quizá simplemente preponderen el trabajo espiritual en terapia. Sin embargo, en la mayoría de los casos, los terapeutas ni se definirán explícitamente ni enfocarán la terapia por el trabajo espiritual. Por ello, dependerá del paciente el preguntar al terapeuta, si es que esa dimensión le parece importante. Se podrá intuir también la orientación del terapeuta si éste pregunta por la vida espiritual al principio de la relación, cuando está conociendo al paciente, o por la forma que pueda tener de responder las preguntas que haga el paciente.


Convergencia

En el proceso de meditación sobre o búsqueda de los recovecos del Alma, muchos de nosotros que vivimos vidas atareadas, repletas y sobre estimuladas, encontramos obstáculos que se pueden comentar y trabajar a través de la terapia. Nos podemos distraer por desencuentros con otros (por ejemplo por una discusión acaecida y no resuelta), por arrepentimientos (por ejemplo al decir “Ojalá me hubiera preocupado más de explorar los miedos de mi hijo en lugar de simplemente evitárselos”), por la culpa (por ejemplo al decir “¿Cómo voy a abrirme a Dios cuando no se me quita de la cabeza lo mal que le hablé a mi amigo/a?”), por fantasías (por ejemplo por un viaje a algún lugar lejano que te gustaría hacer), por las voces interiores (por ejemplo al pensar “Debería estar limpiando la casa, escribiendo este artículo, o devolviendo llamadas en lugar de estar aquí sentado”); o por las emociones (por ejemplo la ansiedad, la duda, el enfado o incluso la excitación). Cuando podemos distinguir estas distracciones y las llevamos a la terapia, nuestras meditaciones y rezos, o incluso nuestra constante plenitud y consciencia de cada momento pueden crecer enormemente. Trabajando las culpas no resueltas o buscando nuevas maneras de resolver conflictos, por ejemplo, nos puede liberar de esas distracciones y líos, permitiéndonos estar más plenos y satisfechos en cada momento, ya estemos meditando o llevando a cabo nuestras actividades cotidianas.


El otro día estaba con una paciente que un poco sin venir a cuento comentó algo sobre la “rápida oración” que algunas personas como ella suelen rezar antes de quedarse dormidos. Le pregunté por qué rezaba rápido. Y su respuesta fue: “Porque Dios siempre fue una parte importante de mi vida, pero después [de algunas pérdidas] ya no sé si Él está ahí, así que sólo rezo por hábito”. Un poco más tarde me dijo: “Cogerle la mano a mi madre cuando estaba muriéndose ha sido la experiencia más terrible y más espiritual de mi vida. He revivido muchas veces esa experiencia desde entonces y no sé cómo hablar de ella”. Esto nos condujo a una larga charla, muchas veces emocionante, sobre la relación con su madre, su experiencia con Dios, y sobre la muerte – esa parte importante de la vida que había metido en un cajón y con miedo mantenía bien cerrado (¡o abierto!) con sus “rápidas oraciones”.


Al intentar conocer a Dios, muchas personas descubren que lo han concebido a una cierta imagen: Dios puede ser entendido como una figura que da miedo, severa, juzgadora y remota, que no es ni más ni menos que la proyección de su Yo Padre. O Dios puede ser una figura cuidadora, compasiva o maternal. Intentamos descubrir a quién representa esa figura, ya sea alguien de su historia personal, o alguien de su propia creación, de la misma manera que algunos niños creen en la figura del “hombre del saco” para alejarles del mal comportamiento. Otros pueden estar guardando algo en secreto que ellos creen imperdonable y creen que Dios será tan implacable como ellos lo son con sí mismos. Al tratar de encontrar directamente esta figura o memoria, trabajando con ella, y resolviendo esas pasadas relaciones o experiencias, la transformación puede ocurrir. Entonces se pueden abrir a experimentar lo Divino manifestado y expresado de múltiples maneras y en una dimensión más amplia que anteriormente. A la vez, son capaces de expresarse, aceptarse y quererse más a ellos mismos.


Algunas personas descubren que se relacionan con Dios muy primariamente desde el Yo Niño, viendo a Dios como alguien que les concederá lo que necesiten, o se lo negará, o les castigará. A veces el concepto de karma se puede usar de esta misma manera reduccionista, viendo recompensas por “ser bueno” y experiencias negativas como resultado de “ser malo”, sin ser consciente de que esta es la visión que de los padres o tutores tiene el Yo Niño. Cuando se examina con cuidado y delicadeza cómo era la relación con las figuras parentales, incluso la idea de karma puede crecer a un significado mucho más amplio, uno que permita a las personas ser más responsables de su vida y de cómo viven, en una forma mucho más plena. Recabando las necesidades que tuvieron en el pasado y cómo aprendieron a satisfacer esas necesidades, las personas pueden no solo resolver aquellas experiencias del pasado, sino también encontrar una manera diferente de relacionarse con otros – incluido Dios –.


Un hombre utilizó numerosas sesiones de terapia para conversar con Dios – a veces enfadado, a veces emocionado, pero siempre con un profundo compromiso – mientras repasaba las vivencias que había tenido que encarar en su vida. Hacia el final, empezó a afrontar su sentimiento de culpa por haber sido desleal en su “negociación” con Dios, en un tiempo de su juventud en que pensaba que era tan malo (y merecedor de su abuso) que necesitaba dedicar su vida al servicio desinteresado al prójimo para “ser bueno”.


Esto nos conduce a otra área de exploración: el concepto de “script” (guión). En el ejemplo recién mencionado, las personas frecuentemente piensan un plan de vida, usualmente basado en decisiones que tomaron al atravesar situaciones difíciles en la infancia y normalmente sugeridos o reforzados por dinámicas familiares. Este hombre, pensaba tanto que su madre abusadora estaba en lo cierto y que él era un “demonio, chico malo”, que la única manera de parar el abuso por parte de su madre era ser “muy bueno”. Así que trató de ser bueno de todas las maneras que un niño puede serlo, aunque era consciente (y su madre siempre se lo recordaba) que Dios realmente sabía lo malo que era. Para ser bueno para Dios, se empleó en cuerpo y alma a una profesión de servicio a los demás, por la que recibió grandes dosis de reconocimiento y refuerzo. Pero él, por detrás, nunca llegó a abrazar esta realidad porque su guión más firmemente asumido era que él era malo y que no había buenas acciones ni auto castigos suficientes que pudieran cambiar aquello. Fue sólo cuando acudió a terapia para tratar su depresión cuando empezó a entender las bases sobre las conclusiones sobre sí mismo. Cuando hablaba con Dios en terapia comprendió que era ese mismo guión creído el que formaba su concepto de Dios y de su vida espiritual.


Otra paciente estaba hablando sobre una operación quirúrgica que iba a sufrir mostrándose bastante preocupada. Le pregunté si alguna vez rezaba. Rompió a llorar y dijo: “¿A quién?” Esto abrió el tema, no abordado hasta entonces, de haberse convertido de una religión a otra en el momento de su matrimonio y sus sentimientos de confusión, culpa, resentimiento y especialmente en esta situación, separación de Dios.


Otros tipos de experiencias que pueden aflorar durante la terapia son vivencias místicas “inexplicables”, como el sentimiento de singularidad; las “experiencias pico”, como las descritas por Maslow (1964/1970); sensaciones de respeto y reverencia; o visiones, por mencionar algunas. Algunas personas sienten profundas y también removedoras experiencias cuando observan ritos religiosos o al visitar determinados sitios sagrados. Muchas veces no se habla de estas experiencias por la dificultad del lenguaje para describirlas adecuadamente o por el temor de no ser entendido o de ser tomado por loco.


Algunos pacientes – en mi experiencia particular niños que habían sufrido algún trauma – a veces experimentaban la existencia de una presencia, a la que se referían a veces como “un ángel”, durante el trauma. Un terapeuta que usaba el arte trabajando con un niño le preguntó en una ocasión por un punto amarillo que dibujaba en todos los dibujos que hacía del accidente. El niño le dijo que “Ese era el ángel que estaba conmigo todo el tiempo”. Otra paciente indicó que una parte importante de la superación de su problema se la debía a la constatación de “presencias” desde muy joven. Esas presencias le hacían ver la existencia de una energía de amor, en un contexto en el que vivía en el que no había amor en absoluto. Saber que esa energía de amor existía le dio la esperanza necesaria para continuar y salir adelante, ya en la creencia de que ella alguna vez, en algún sitio, podría protagonizar una experiencia de amor. Cuando las personas nos hablan de una experiencia de este estilo, muchas veces se les sonríe de forma condescendiente, lo que puede trasladarles la sensación de que la impresión que nos da es, “Es simplemente tu imaginación” o “¿No es eso muy dulce?” (como si fuera un cuento de hadas) o “No le daremos validez así que no te dejes llevar por esas fantasías”. Lo que las personas realmente necesitan es alguien capaz que quiera hablar sobre ello con la mente abierta para buscar la manera de entender esa experiencia. Lo que no necesitan es sentir que algo raro les pasa o que no deben hablar de esas cosas sino mantenerlo en su privacidad.


Integración


En la medida en que nos sentimos más cómodos hablando sobre nuestro yo espiritual o nuestra vida espiritual, empezaremos a ver que no hay diferencia entre “mi vida” y “mi vida espiritual”: estar vivo es estar espiritualmente vivo. Como con cualquier otra dimensión de nuestro ser, podemos ser más o menos consciente de ella, de la misma manera que somos más o menos conscientes en un momento dado de lo que estamos sintiendo, o de cómo de rápido palpita nuestro corazón, o de los recuerdos que lentamente se deslizan de nuestra memoria. Para paciente y terapeuta, los dos, el objetivo sería incrementar la consciencia de esa vida espiritual e integrarla en nuestro ser en caso de que de alguna manera estuviera separada.


Cerca del final de varios años de terapia, un paciente reflejaba cómo estaba experimentando una sensación de tranquila alegría en su vida. Reconocía que había conseguido su sueño de vivir sencillamente, cercano a la naturaleza, y al calor de su familia. Y añadió después de un momento de silencio que “Es una sensación prácticamente espiritual”. Y así es. Trascender de nosotros mismos resolviendo nuestro guión, estando en pleno contacto con nosotros y con toda la creación, viviendo íntegra y auténticamente, y abrazando el misterio del “más allá del yo” es lo que en terapia se puede hacer, cualesquiera que sean las palabras que usemos para describirlo o cualquiera sea la aproximación que hagamos.




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